
Cuando hacés ricotta o queso en casa, te queda el suero. Ese líquido amarillento es en realidad una materia prima increíble: tiene proteínas, tiene sabor, tiene acidez. Y resulta que funciona perfecto como base para una salsa blanca.
La idea surgió de no querer desperdiciar nada. El suero tiene una acidez sutil y un cuerpo más liviano que la leche, pero cuando lo cocinás con manteca y harina se transforma en una béchamel diferente: más viva, con personalidad propia. La usé para armar una lasagna y el resultado fue tan bueno que ahora la hago así siempre.
Cantidades
- 80 gr. manteca
- 80 gr. harina
- 1 litro suero de leche
- Ajo, sal, nuez móscada, pimienta.
El roux
Todo empieza con el roux: manteca y harina a fuego medio, revolviendo sin parar hasta que la mezcla burbujea y toma un color dorado muy suave. Ese minuto de cocción de la harina es importante — evita que la salsa quede con gusto a cruda.



Entra el suero
Acá está el cambio. En lugar de leche fría, voy agregando el suero de ricotta de a poco, siempre revolviendo con batidor de alambre para que no se formen grumos. El suero tiene una acidez levísima que le da carácter a la salsa — algo que la leche sola no puede dar.

A medida que el suero se incorpora, la salsa va tomando cuerpo. El fuego bajo es clave — queremos que espese despacio, sin que se queme en el fondo.

Los condimentos
Sal, tómillo (le pongo porque para mí queda muy bien) y nuez moscada recién rallada. La pimienta es opcional (en casa, con niños, a veces vuela… pero queda a gusto del cocinero)




Armamos la lasagna
Con la salsa lista, armo la lasagna. Una capa de salsa en el fondo, láminas de pasta, salsa, y así. Esta salsa blanca con suero es más liviana que la béchamel tradicional, así que no ahorrés en capas — va bastante.



Al horno
Al horno a 200°C hasta que esté bien caliente y dorada por arriba. El suero en la salsa le da un sabor más profundo y un dorado riquísimo.


Servimos
Hay que dejarla reposar unos minutos antes de cortar — sino se desarma en el plato. Esos 10 minutos valen la pena.



El suero que ibas a tirar se convirtió en la mejor parte del plato. Eso es cocinar bien: no desperdiciar nada y entender qué tiene cada ingrediente para dar.
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